6 ago. 2008

El escritorio de Javier Candeira

Durante mi gira europea de 2005 recalé en Amsterdam, donde dormí en el sofá de mi amigo Ben frente al Prinsengracht. La primera noche se me comieron los mosquitos (ya me habían torturado la semana anterior en el What the Hack), y tuve que salir por la noche a buscar una farmacia de guardia. La ley de Murphy quiso que estuviera en medio del Barrio Rojo, así que se puede uno imaginar lo que pensó la farmacéutica cuando vio a un tipo delgado y peludo con unas ojeras de la hostia que golpeaba el cierre vestido con camiseta de manga larga (¡en agosto!) mientras se rascaba sin parar la vena del brazo.

Sin embargo, gracias a los antihistamínicos, el resto de la estancia fue deliciosamente placentera, llena de siestas entreveradas de frenética actividad laboral como la que ilustra la imagen superior. El portátil es para trabajar y para chatear con la Bella Helen (entonces un ligue, ahora mi mujer). El teléfono es un teléfono. Y en todo el verano no recuerdo haber usado la Palm más que como linterna en el camping, y como libro electrónico. Leer Accelerando en la pantalla de una PDA es igualmente anacrónico que leerlo en papel, pero al menos pesa la mitad que un libro y caben muchos más títulos.
Javier Candeira

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